El humano es autosuficiente para saciar su
ego de arrogancia, al creerse conocedor de todo aquello que le rodea.
Insuperablemente se erige a sí mismo como la cúspide de la evolución de las especies. Es
tal su soberbia, que argumenta saber la existencia de un Dios y conocer más
allá de la muerte. Conocer el inicio del espacio y el tiempo.
Conocer –como tal- no implica una decisión,
sino una postura. Aprehender el objeto, cualquiera que se presente a nuestros
sentidos –aire, agua, gente, temperatura, dolor, nuestro propio cuerpo- implica
escindirse de nosotros mismos. Saber algo es abrir la mente a lo que la mente
no es.
Áreas de la filosofía como Teoría del
conocimiento, Metafísica, Filosofía de la ciencia, Fenomenología,
Epistemología, se han interesado en develar la incertidumbre respecto al objeto
de estudio de aquello que podemos “saber”. Esto es, la verdad.
La palabra verdad proviene de la locución
latina veritas, que simboliza lo
honesto, lo que es real, lo fiel de un concepto con el objeto que se le
refiere. Al menos, así debiera ser.
La pregunta que interroga por el Ser –dijese Heidegger- es la pregunta
que interroga por lo que sabemos, por la verdad, el centro de la filosofía
misma. ¿Qué sabemos? ¿Qué es lo verdadero?
Desde el punto de vista filosófico, la
verdad pude alcanzarse –o vislumbrarse- a partir de ciertas fundamentaciones:
-La experiencia
-El análisis
lógico
-Las
proposiciones lógico-matemáticas
A veces, la verdad se reduce simplemente a
un ejercicio de analogías en las que nos desprendemos de entidades mentales, ya
sean creencias, conceptos ficticios, características atribuibles no
fundamentadas o simplemente modelos mentales abstractos. Porque la verdad puede tener realidad, pero la
realidad no necesariamente tiene verdad. Sangrar, sentir empíricamente el
dolor y visualizar mentalmente el concepto de sangre, genera consensualmente la
verdad del concepto sangre. Sin
embargo, el concepto y su significado no es un absoluto y la verdad no se basa
tampoco necesariamente en lo que el consenso asuma como real. Los griegos asumían como real
a Zeus, acumulador de nubes, sin embargo, la creencia no implica su
correspondencia con lo real, mucho menos con la verdad. Creer en la idea de Zeus no garantiza fácticamente
que Zeus exista físicamente.
Al hablar de la verdad, hablamos de todo lo
que hay. Del conocimiento. De los
límites y capacidades cognitivos, al menos humanos, ya que el humano es el
espectador en el que se basan las mediciones de la civilización. El hombre es la
medida de todas la cosas –dijera Protágoras- y es en él, donde se genera el
límite a lo que considera verdad.
La verdad
es meramente información. Cualquiera. Información de cómo dormimos, de cómo nos
sentimos, de lo que vemos en la calle, de la familia, los vecinos, el gato.
Todo lo que nos rodea es una verdad ontológica, axiomas físicos representables
en nuestra percepción. Pararse frente a un automóvil en movimiento demostrará
lo evidente del axioma, al ser arrojados por la inercia. No necesita demostración
empírica esa verdad. Sin embargo, la verdad
mental, es un cúmulo de constructos basados en información no
necesariamente fáctica, por lo que, escindirla, aceptarla o restringirla, no es
interesante para nadie, ya que parte de esa “verdad” está basada en conceptos
morales, familiares, enunciados explicativos, conceptos lógicos y alguna que
otra vez, caprichos psicológicos.
Un sacerdote, por costumbre o inercia
social, asume como verdad que su dios omnipotente juzgará muertos y
vivos, zombies y vampiros, galaxias y partículas cuánticas. Un corredor de bolsa
asume que la verdad es ser levantado por sus sirvientes, y viajar a su empleo
con chofer, o en helicóptero, en algunos casos. La verdad para un niño de
Sierra Leona, es encontrar dificultades para beber agua potable o no cortar sus
pies descalzos.
Ya que la “verdad” se presenta como un
cúmulo de objetos, creencias, datos y circunstancias morales, es Descartes
quien exhorta a dudar. La duda metódica. Dudar de todo cuanto conocemos, de
cuanto hemos aprehendido y discurrido. ¿Cómo
no sabemos si Dios es un genio maligno que nos incita al error, y todo cuanto
conocemos como verdad es mera ilusión?
En sentido estricto, podemos acceder a la
verdad exclusivamente por medio de la lógica formal y por medio de la verdad
ontológica.
Esto implica que hay verdades de hecho y verdades
de razón, como las llamara Leibniz. La verdad alcanzada a posteriori, por medio de la
experiencia, son las que llamamos verdad de hecho: tengo dos brazos y dos
piernas. Si bien esto es cierto porque
por experiencia sé que tengo dos piernas y dos brazos, mi empirismo varía a la
verdad que asimila y aprehende otro observador. Por otra parte, las verdades de
razón son entidades necesarias porque son a
priori, esto es, que son abstracciones analíticas basadas en la razón, per se: 2+2= 4.
La lógica formal provee de verdades formales
a las proposiciones, a toda frase, concepto e idea que pongamos en la sociedad.
El
gato se encuentra en la ventana, habla acerca de un animal, cuyas
propiedades le hacen ser gato y, que además, se encuentra en la ventana. Es una
verdad empírica y es una verdad por
el simple hecho de que expresa información.
Toda información ya es veritativa por
sí, ya que lo que es, lo que existe de cualquier modo, ya es para nosotros: de
algún modo le conocemos, porque
refiere a una idea o a algo en el espacio-tiempo-causalidad. El gato azul se encuentra en la ventana,
habla asimismo de un animal cuyo referente nos hace saber que se encuentra en
la ventana. No expresa si es fáctica la información, simplemente declara esos
datos y ya.
Tenemos una idea, cualquiera: la existencia de Pegaso, o la del cuadrado redondo. Ambos sujetos ya son portadores de
información, de datos, de un referente, de un significado y un significante.
Pero quizá ambos no sean verdades de hecho, ya que empíricamente no podemos
palparlos, calibrarlos, pesarlos, tenerlos en la palma de la mano. En el silogismo:
Todos
los hombres son mortales.
Sócrates
es hombre.
Por
consiguiente, Sócrates es mortal
Encontramos que en este silogismo de la
manera Modus Ponens, las premisas son
verdaderas y la conclusión lo es también, necesariamente.
A esto se le llama validez. No busca ni verdad ontológica ni mucho menos la veracidad
en el significado de los componentes de cada premisa. El gato azul se encuentra en la ventana, es una premisa que enuncia la actividad de un
sujeto, sea ideal o físico, y no cuestiona si podemos palparlo, o si es
producto de nuestra mente.
Una consecución de premisas no
garantiza la certeza de la conclusión, sólo su validez. Una mujer en el salón
de belleza espera ver su belleza subjetiva en el espejo, creada por costumbre y
preceptos psicológicos, como el ego que le ha exacerbado su novio o por la mini
falda que muestra sus piernas sin ejercitar. O quizá un albañil vocea su
preponderancia, galanura y buen físico, ante otros tantos de su estirpe, sin
estudios y sin manera de fundamentar aquello que él dice ser.
La gente no busca la verdad, sólo la validez
a su perorata. Buscan que su diálogo sea aceptado, y eso no involucra ni por
asomo un análisis ni propio ni fundamentado.

La información es lo más valioso –y peligroso-
a lo que el humano puede tener acceso. Pero
única y exclusivamente ama el conocimiento que le conviene y que le hace creer
ser el amo del Cosmos, arrogantemente.
Goth Philosopher