viernes, 19 de septiembre de 2014

¿Qué es la verdad?



   El humano es autosuficiente para saciar su ego de arrogancia, al creerse conocedor de todo aquello que le rodea. Insuperablemente se erige a sí mismo como la cúspide de la evolución de las especies. Es tal su soberbia, que argumenta saber la existencia de un Dios y conocer más allá de la muerte. Conocer el inicio del espacio y el tiempo.
   Conocer –como tal- no implica una decisión, sino una postura. Aprehender el objeto, cualquiera que se presente a nuestros sentidos –aire, agua, gente, temperatura, dolor, nuestro propio cuerpo- implica escindirse de nosotros mismos. Saber algo es abrir la mente a lo que la mente no es.  
   
 Áreas de la filosofía como Teoría del conocimiento, Metafísica, Filosofía de la ciencia, Fenomenología, Epistemología, se han interesado en develar la incertidumbre respecto al objeto de estudio de aquello que podemos “saber”. Esto es, la verdad.
   La palabra verdad proviene de la locución latina veritas, que simboliza lo honesto, lo que es real, lo fiel de un concepto con el objeto que se le refiere. Al menos, así debiera ser.
   La pregunta que interroga por el Ser –dijese Heidegger- es la pregunta que interroga por lo que sabemos, por la verdad, el centro de la filosofía misma. ¿Qué sabemos? ¿Qué es lo verdadero?
   Desde el punto de vista filosófico, la verdad pude alcanzarse –o vislumbrarse- a partir de ciertas fundamentaciones:
-La experiencia
-El análisis lógico
-Las proposiciones lógico-matemáticas
   A veces, la verdad se reduce simplemente a un ejercicio de analogías en las que nos desprendemos de entidades mentales, ya sean creencias, conceptos ficticios, características atribuibles no fundamentadas o simplemente modelos mentales abstractos. Porque la verdad puede tener realidad, pero la realidad no necesariamente tiene verdad. Sangrar, sentir empíricamente el dolor y visualizar mentalmente el concepto de sangre, genera consensualmente la verdad del concepto sangre. Sin embargo, el concepto y su significado no es un absoluto y la verdad no se basa tampoco necesariamente en lo que el consenso asuma como real. Los griegos asumían como real a Zeus, acumulador de nubes, sin embargo, la creencia no implica su correspondencia con lo real, mucho menos con la verdad. Creer en la idea de Zeus no garantiza fácticamente que Zeus exista físicamente.
   Al hablar de la verdad, hablamos de todo lo que hay. Del conocimiento. De los límites y capacidades cognitivos, al menos humanos, ya que el humano es el espectador en el que se basan las mediciones de la civilización. El hombre es la medida de todas la cosas –dijera Protágoras- y es en él, donde se genera el límite a lo que considera verdad.
   La verdad es meramente información. Cualquiera. Información de cómo dormimos, de cómo nos sentimos, de lo que vemos en la calle, de la familia, los vecinos, el gato. Todo lo que nos rodea es una verdad ontológica, axiomas físicos representables en nuestra percepción. Pararse frente a un automóvil en movimiento demostrará lo evidente del axioma, al ser arrojados por la inercia. No necesita demostración empírica esa verdad. Sin embargo, la verdad mental, es un cúmulo de constructos basados en información no necesariamente fáctica, por lo que, escindirla, aceptarla o restringirla, no es interesante para nadie, ya que parte de esa “verdad” está basada en conceptos morales, familiares, enunciados explicativos, conceptos lógicos y alguna que otra vez, caprichos psicológicos. 

 
   Un sacerdote, por costumbre o inercia social, asume como verdad  que su dios omnipotente juzgará muertos y vivos, zombies y vampiros, galaxias y partículas cuánticas. Un corredor de bolsa asume que la verdad es ser levantado por sus sirvientes, y viajar a su empleo con chofer, o en helicóptero, en algunos casos. La verdad para un niño de Sierra Leona, es encontrar dificultades para beber agua potable o no cortar sus pies descalzos.
   Ya que la “verdad” se presenta como un cúmulo de objetos, creencias, datos y circunstancias morales, es Descartes quien exhorta a dudar. La duda metódica. Dudar de todo cuanto conocemos, de cuanto hemos aprehendido y discurrido. ¿Cómo no sabemos si Dios es un genio maligno que nos incita al error, y todo cuanto conocemos como verdad es mera ilusión?
   En sentido estricto, podemos acceder a la verdad exclusivamente por medio de la lógica formal y por medio de la verdad ontológica.
   Esto implica que hay verdades de hecho y verdades de razón, como las llamara Leibniz. La verdad alcanzada a posteriori, por medio de la experiencia, son las que llamamos verdad de hecho: tengo dos brazos y dos piernas.  Si bien esto es cierto porque por experiencia sé que tengo dos piernas y dos brazos, mi empirismo varía a la verdad que asimila y aprehende otro observador. Por otra parte, las verdades de razón son entidades necesarias porque son a priori, esto es, que son abstracciones analíticas basadas en la razón, per se: 2+2= 4.
   La lógica formal provee de verdades formales a las proposiciones, a toda frase, concepto e idea que pongamos en la sociedad.  El gato se encuentra en la ventana, habla acerca de un animal, cuyas propiedades le hacen ser gato y, que además, se encuentra en la ventana. Es una verdad empírica y es una verdad por el simple hecho de que expresa información. Toda información ya es veritativa por sí, ya que lo que es, lo que existe de cualquier modo, ya es para nosotros: de algún modo le conocemos, porque refiere a una idea o a algo en el espacio-tiempo-causalidad. El gato azul se encuentra en la ventana, habla asimismo de un animal cuyo referente nos hace saber que se encuentra en la ventana. No expresa si es fáctica la información, simplemente declara esos datos y ya.
 
   Tenemos una idea, cualquiera: la existencia de Pegaso, o la del cuadrado redondo.  Ambos sujetos ya son portadores de información, de datos, de un referente, de un significado y un significante. Pero quizá ambos no sean verdades de hecho, ya que empíricamente no podemos palparlos, calibrarlos, pesarlos, tenerlos en la palma de la mano.  En el silogismo:

Todos los hombres son mortales.
Sócrates es hombre.
Por consiguiente, Sócrates es mortal
   Encontramos que en este silogismo de la manera Modus Ponens, las premisas son verdaderas y la conclusión lo es también, necesariamente.  A esto se le llama validez. No busca ni verdad ontológica ni mucho menos la veracidad en el significado de los componentes de cada premisa. El gato azul se encuentra en la ventana,  es una premisa que enuncia la actividad de un sujeto, sea ideal o físico, y no cuestiona si podemos palparlo, o si es producto de nuestra mente.


  Una consecución de premisas no garantiza la certeza de la conclusión, sólo su validez. Una mujer en el salón de belleza espera ver su belleza subjetiva en el espejo, creada por costumbre y preceptos psicológicos, como el ego que le ha exacerbado su novio o por la mini falda que muestra sus piernas sin ejercitar. O quizá un albañil vocea su preponderancia, galanura y buen físico, ante otros tantos de su estirpe, sin estudios y sin manera de fundamentar aquello que él dice ser.
   La gente no busca la verdad, sólo la validez a su perorata. Buscan que su diálogo sea aceptado, y eso no involucra ni por asomo un análisis ni propio ni fundamentado. 

 
   La información es lo más valioso –y peligroso- a lo que el humano puede tener acceso.  Pero única y exclusivamente ama el conocimiento que le conviene y que le hace creer ser el amo del Cosmos, arrogantemente.


Goth Philosopher