martes, 17 de octubre de 2017

Lo permisivo en la sociedad: el reino de lo absurdo



   Todo está permitido. Donde existe una sanción para alguien, eso será una libertad para alguien más –el ateísmo es libertad en algunos países, en otros es causa de estrangulación o desmembramiento-. Donde para mí pudiese ser un delito –piratería, feminicidio, tortura-, en otros lugares es libertad. Meros usos y costumbres.

   Si todo está prohibido, entonces... todo está permitido. La ley se consuma cuando se decide ser parte del rebaño, del bien común. Nietzsche decía "lo que puede ser común, tiene siempre poco valor".
   Jeremy Bentham fue el creador del utilitarismo, una exención de lo justo, un patrimonio moral en común, para los habitantes de un territorio. Lo útil para todos, sería lo adecuado para sobrevivir. Sí, sobrevivir. Sin embargo, Bentham olvidó mesiánicamente insertar el bien común que se enfocase teleológicamente al amor, al bien estrepitoso de una eudaimonía moral interpersonal. Esto es, Bentham creó un utilitarismo para maximizar leyes que procurasen a los individuos no matarse entre ellos, pero olvidó una utilidad práctica para esas leyes, ya que no sacian una felicidad individual, excepto para quizá, quienes la imponen.
   El ser humano es un conjunto de hadrones, partículas ínfimas –protones, neutrones, electrones, bosones, quarks, etc.- mismas de las que está constituido todo lo que existe, todo: tierra, mares, planetas, galaxias. El ser humano se ha divinizado a sí mismo, al afirmarse unívoco y excepcional, divinizándose –"el hombre es la medida de todas las cosas" dijese Protágoras. El hombre hace sillas para descansar su corporeidad, crea platos para comer humanamente, crea deidades con forma antropomorfa, todo en base a la imagen humana. Las leyes jurídicas están basadas para regular justicia entre los autóctonos, sí. Pero la justicia no es sinónimo de equidad, ni de respeto, ni de moral, mucho menos de ética. 


   Son las leyes jurídicas un confite en la verdadera carrera hacia el plato fuerte, que es la verdadera ley –la muerte-. Con ella no hay marcha atrás. Empero, el humano toma muy en serio imposiciones absurdas que él mismo está dispuesto a revocar, ya que las atiende por mera conveniencia.



   Un gobernante puede detentar jurídicamente las leyes, sin embargo, quizá se dirige despóticamente a los habitantes, puede sublimarlos, moldearlos a su conveniencia. Un sacerdote puede detentar leyes monásticas religiosas, mas eso no impide que se dirija con doble moral, o que contraiga matrimonio, o que reciba diezmos bienaventurados, basados en lavado de dinero. Un ambientalista puede evitar maltratar directamente un conjunto de especies, mas, eso no impide que él tenga tecnología, dispositivos, un automóvil que contamine el ecosistema que afirma cuidar. Hay quienes procuran desde diversas ONG los derechos humanos, o apoyo a ciertos sectores, sin embargo, regularmente bajo ese hálito de castidad y bondad, no conocemos los intereses ulteriores. Quid pro quo. Algo por algo.

   La doble moral existe desde que el ser humano tiene noticia de sí mismo. Rendir cuentas a un patrón, pero, a la vez, hacer lo que a mí me interesa sin que el patrón pareciese darse cuenta. No obstante, separemos la doble moral de los usos y costumbres. Éstos, son las normas con que se rige un poblado específico, en ciertas condiciones bajo ciertas circunstancias, aunadas a su correspondiente constitución política. 

    Si a un poblado le es menester comer gatos por tradición, lo harán gastronómicamente, y será ley para el bien común. Será un atropello violar esa legitimidad. Sin embargo, en otra población será un delito lastimar gatos, y será puesto a disposición legislativa a quien lo haga. Países como Yemen, Somalia, Arabia Saudita, Marruecos permisiblemente tienen matrimonios arreglados con niñas, para que los padres puedan sustentar su economía familiar. Esos matrimonios muchas veces enconan en funesto final, ya que la noche de bodas no es propicia sexualmente para niñas que no se han desarrollado. Esto es una violación a los derechos humanos en muchas partes del mundo, en países donde no existen esas leyes. En Bolivia comer llama es legal, en otras partes se hablaría de tortura animal. 

   Dijese William Blake "la misma ley para el buey y el león, es opresión". El utilitarismo de Bentham, y la teoría de la justicia de Rawls se reducen al absurdo, ya que una ley es una teoría eudaimónicamente correcta como ideal, pero jamás podrá llevarse a la práctica entre seres humanos, ya que, el ser humano, es un animal incondicional, un ser que sólo ha mejorado visiblemente su lenguaje y tecnología para destruirse estrepitosamente, bajo condicionamientos legislativos hacia sí mismo.
   El ser humano crea, promulga y deroga múltiples recovecos en su limitada existencia en el paso hacia la muerte. Su tiempo lo emplea como desea, sin embargo, se torna un absurdo cuando toda ley se convierte en supuestos territoriales geográficamente relativos, bajo ciertas economías y políticas públicas volátiles, bajo los estatutos de legisladores increpados por errores meramente humanos, miedos y fobias. "La verdadera ley es la que nos hace libres" se dice en Juan Salvador Gaviota. Sin embargo, ninguna ley libera, solo amaña y somete para evitar que se destruya el hombre a sí mismo, dando privilegios a un sector aristocrático.


   "Dios ha muerto", proclamó Nietzsche. Si ha muerto, entonces... todos nosotros somos responsables de nuestros actos.

   Benjamín Olalde.